Nadar

escrito en conjunto con Federico Tinivella

 

"el nadador no pordrá quitarse

las manchas de azul y nubes"

Pedro Mairal

 

 

El largo

 

Podría haber estado nadando pero estaba corriendo; sobre una cinta-máquina eléctrica que los dueños del lugar habían adquirido de otro negocio que había cerrado en un pueblo a unos 30km de acá en la crisis del 2001. La transpiración en la nuca y los golpes de las plantas de los pies sobre esa tela gruesa de caucho en movimiento constante y el indicador titilando de las pulsaciones lo hizo pensarse en otro lado, ya no corriendo -no sabía si era un recuerdo o un deseo a futuro cercano-. Palabras que pasan pesadas, que dejan filtrar los seres que las cargan y mientras tanto pierden el pelo, y crecen sus egos y miden sus miembros de marineros a los gritos poniendo palabras en sus bocas de no marineros, sabiendo que yacen ahí, en el fondo, como un premio de la vergüenza y la falta de comprensión del otro. El brillo del aire crece suspendido esta mañana, aunque despierte ya sabrá que algo de eso se coló. Bosque de mañana de aire cortado por el olor a escarcha y pino. Unas manchas de humedad en la pared a la derecha lo distrajeron de esa sensación, que no sabe nombrar y todos conocen. Quiso recuperar el último color y parecía negro con anaranjado, y una tela tipo lycra, alguna foto, detalle que podría haber capturado estando desde que llegó ahí y ahora interrumpía el camino de su memoria a su deseo o lo que ya no diferenciaba muy bien. Familias hechas máquinas, deformes, fulminantes. Un bosque de pinos y el cuaderno. Ver el humo hundirse en la humedad de la montaña, que el ruido del agua del arroyo lleve el fondo de la nuca para abajo. Montañas de familias hechas así.

 

Recién ahora percibía lo gastado de las suelas de las zapatillas golpeando la cinta, la cual no iba a apagar al menos por un rato, pensó. Tantas cintas, sueños, puertas como tapas de frascos oxidados, abriendo al medio al cuerpo, carneando al cuerpo estaqueado. Todo puesto sobre un todo, las paredes blanquear para de nuevo empezar. En la puerta, parado desde el afuera con unas gotas en la cabeza de la lluvia de ayer. ¿Quién se anima a entrar en su cuarto propio? Esas paredes del rancho que vuelven a ser las paredes de la panza: -ve a tu dulce morada, quemate en los verbos que te deshicieron y te armaron como un pájaro loco, vuela en tus catarros y tus fauces picacarnes, desvestite de esos cuadros de pintores enfermos que adornaron tu maravillosa osamenta, se asno, primate, primal, se Virginia, Rita, gira desnudo sobre otros huesos ocres que yagan los pimientos de las huertas en los jardines familiares.

 

En la puerta de la casa, con el pasto a las rodillas como medias colegiales, suena siempre algo a lo lejos y peinás mundos como murales. En las costas se apilan restos de antiguas edificaciones, que más tarde serán el refugio de las canciones en tu carpeta de música, postigos, ventanales, puertas aparentes donde otros esperaron encontrarse y que ahora nos invitan a entrar, a vivir la experiencia de sentirse solo y viajar por un rato. La credencial de afiliación al Partido Socialista impresa y plastificada en 1998 bajo la condición de duplicado pegada a la del Club Honorábles Henófilos, gracias a los veranos de calor y humedad de este lado del mundo, forman una capa más gruesa que la de costumbre en su billetera, a veces más que el dinero que carga. Ofrendas al placer cerebral, mágico postularse de cruces en Florida, y a la vuelta el bar, y la playa, y los autos gimiendo la noche. Se podría pensar a sí mismo bañándola; en una actitud entre paternal y depravada. La mancha seguía ahí, inclusive antes de pensar en pensar, en la pileta o en el habla. Empezar a pesar lo que el cuerpo no expresa en la balanza, pesar eso que no es materia, todos esos humos que van por al ladito de los órganos, que fluyen por ahí de los estreses y las estrecheces, de las angustias y de las grandes furias. Todo el cuerpo en la mancha, la tierra del comienzo, la tierra del sueño, de los molinos de viento. Estaba así, plantado en el vacío, luchando con una mancha como un molino de viento, flaco y desgarbado, barbudo y entregau. Toda mancha aunque pequeña es ancha, porque tiene eso alrededor como los órganos, cosas que subyacen y que sobreyacen, pero que no se ven ahí en la pared, están dando vueltas en la histeria de la mancha. Las manos sobre las rodillas, la cabeza colgando (el cuello es un elástico) todas las vértebras haciendo estructura de la poca carne que anda por ahí. Ovejas pastando en la mente torcida. Todas las cabezas colgando de las patas. Hay lazos invisibles.

 

Subacuático, en la cabeza entra un yuyo, como una maceta es la cabeza, crecen cosas y pantallas donde miran los vecinos. Él, bajó a la pileta cerca de las ocho, el sol apenas desaparecía entre las líneas del horizonte, como pelos sobre el pubis las nubes se acomodaban deshilachadas, boca arriba, las estrellas entran al cuerpo como el humo, aspira como puede, sí, ya los pulmones están gastados, el tiempo es un insecto cruel, el líquido afloja los huecos. (Soy un anfibio, voy entrando al cadáver de mis antiguos restos, salgo a respirar luego de la podredumbre, allá van las estructuras del pasado. Todo es andamiaje, los poros en su mínima transformación perpetua hablan de un hombre que ya no es. Abro los brazos como un ave, entro en la humedad, puedo ver mis manos, es el comienzo del camino, era hora ya de descubrir algo, de un líquido a otro, se trata de quitar de la uva lo mejor del vino, antiparrra, proparra, esta es la cursilería, lo dado, ante el espejo de agua soy este renacuajo que empieza a golpear las paredes de su cuerpo). Sublingual, en el cuerpo del poema entra otro, otra, agua, marmolada y resbalosa, el yuyo se escribe cerca de la palabra memoria y lo que sé se derrumba y está pegado a los talones que pataleando en el agua hacen temblar la superficie inconsistente y se enredan en otro juego de bruces. Piensa en la vecina de su cabaña como en una presa; respira y la mitad de su cabeza gira. El cambio de ambiente sonoro se parece a una sopapa gigante. Percibía que estaba a mitad de camino entre dos partes, supuso haber recorrido unos noventa metros usando la técnica conocida como patada de delfín, pero la percepción de la nueva velocidad con que se desplazaba en ese medio como no era conocida antes, entonces tampoco lo era ahora. El trayecto ya recorrido; ido, dejado de lado por el cuerpo que fue y el que estaba bienviniendo de forma chúcara, secreta, y constante, un pino entre el bosque queriendo salir: se sintió una señora grande saliendo de la peluquería, una argot de los pendejos, una fantasía de habitación de clase media con ínfulas. Era el momento de "afeitarse y disminuir" como decían entre ellos, lo único que quedaba de la noche era todo su porvenir: incisivo, incendiario y hermoso.

 

Pausa: son los cuerpos estallados que la noche reclama, un límite entre el afuera y lo otro, que es el reposo en el nicho. La noche hace el contrato, una vez dentro perteneces a su curso, su salvaje andar, su trazo. Andar de a pie o en lujosos convertibles, beber al lado de la calle hasta que se caiga la mandíbula y se rompa en mil pedazos. Estallada de voces que escapan del río, la noche hace precio al cauteloso y comercia con el más oso, sin embargo, es el azar el difícil de enlazar que le lleva a uno a cabalgar sin destino ni lugar. Bañarse, mojarse, afeitarse, perfumarse, peinarse; si todavía hay algo que peinar. Bebe la yerba de tus antepasados y quebrá con ello, rompé con el chaleco de fuerza de la prosa poética nadadora de nada, flotante en la magazine de moda literaria, doblar es deseo, sacudir, recuperar la gema caliente en tu iris pudiente de una sed de certeza real y poética. Tango negro en la tanga rota de una tarde noche de otoño, chorreando todas las formas con que el agua maneja con destreza el devenir del tiempo y de las formas. 

 

El cuerpo implicaba al agua y el agua a la realidad. Capa, envase, forma, la más real, manera de abrazarse braseando en línea recta a velocidades constantes imbuido en sí mismo, que era el agua y la realidad del mundo, real que se escapaba quedando atrás y en sus tobillos, como la zanahoria del burro pero de manera invertida. Su piel se había ido endureciendo hacia adentro para dejar de ser una alfombra que flota inerte y sin dirección ni motivo y transformarse en eso viviente que a fuerza de técnica, método y constancia,  llamaban: el nadador. El pecho se abre, y se comienza a leer la textura que se despliega, mitos, modas, mozas, manipulaciones del ego, flashes de paisajes y el baile de los trece, la montaña, el campamento, dios o no dios, los microfascimos que habitan y se golpean contra esa piel, escamosa, ligera, el límite que divide el adentro del afuera, mero pliegue del ser que desde el agua o con ella se envuelve y nos devuelve un cuerpo en correspondencia con el medio que habita. En silencio abrir los ojos y esperar la orden.